GOBERNAR DESDE EL CARÁCTER. Saúl y David: dos caminos frente al poder
- Juan Chirinos Gutiérrez
- 26 dic 2025
- 15 Min. de lectura
Lecciones del libro de Samuel para el liderazgo político, la ética pública y la gobernanza de una nación.

Introducción — una historia que no envejece.
Hubo una vez un pueblo que no carecía de leyes ni de identidad, pero sí de paciencia. Israel había sido formado en el desierto, corregido por jueces y guiado por profetas. En el centro de su historia existía una convicción profunda: Dios mismo era su Rey. No gobernaba desde un trono visible ni mediante ejércitos permanentes, sino desde la conciencia del pueblo, estableciendo límites, corrigiendo desvíos y recordando que el poder debía estar siempre subordinado a la verdad. No por casualidad, en aquellos días se decía: “Jehová era quien los gobernaba” (cf. Jueces 8:23).
Con el tiempo, sin embargo, algo comenzó a resquebrajarse. El pueblo dejó de mirarse por dentro y empezó a compararse hacia fuera. Observó a otras naciones con ejércitos organizados, reyes visibles, tronos imponentes y líderes humanos que marchaban al frente. La comparación sembró impaciencia; la impaciencia dio paso al temor; y el temor terminó convirtiéndose en una petición decisiva:
“Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 Samuel 8:5).
Esa petición, registrada en el libro de Samuel (1 y 2 Samuel), no fue una simple demanda administrativa ni un ajuste institucional. Fue una decisión profundamente política y espiritual. Dios mismo reveló el trasfondo del pedido cuando dijo a Samuel: “No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1 Samuel 8:7). En el fondo, el pueblo no solo pedía un rey: pedía trasladar su confianza del gobierno de Dios al liderazgo de un hombre.
Dios permitió esa decisión, no porque fuera la mejor, sino porque respetó la libertad del pueblo y quiso revelar una verdad que atraviesa toda la historia humana: cuando el poder se deposita en manos humanas, el carácter se vuelve determinante. El mismo pueblo lo confesó al insistir: “Queremos ser como todas las naciones, y que nuestro rey nos juzgue y salga delante de nosotros” (1 Samuel 8:19–20). Un rey humano —a diferencia de Dios— sería imperfecto, vulnerable al ego, al miedo, a la ambición y a la corrupción. El trono ya no estaría garantizado por la obediencia, sino sostenido por la integridad —o la ausencia de ella— de quien lo ocupara.
Así comienza el relato de Samuel: no como el nacimiento de una monarquía cualquiera, sino como el inicio de una tensión que nunca ha desaparecido. La tensión entre poder y carácter, entre autoridad y corazón, entre liderar para servir o gobernar para sostenerse.
Este artículo recorre esa historia como un relato, casi como una parábola, porque así se comprenden mejor sus enseñanzas. Y porque, como enseñaba Jesús, las verdades más profundas no solo se explican: se cuentan, para que atraviesen la razón, toquen la conciencia y se conviertan en criterio de vida.
El pueblo pidió un rey… y Dios permitió la prueba

Dios escuchó la petición del pueblo, pero no sin advertirle. A través del profeta Samuel, dejó en claro que un rey humano no sería como Dios: sería limitado, imperfecto y vulnerable a aquello que corrompe el ejercicio del poder —el ego, el miedo, la ambición y la necesidad de aprobación—. Samuel advirtió con franqueza que el rey tomaría, exigiría y concentraría poder (1 Samuel 8:10–18). Aun así, Dios concedió el pedido. No porque fuera lo mejor, sino porque el poder, cuando se ejerce, revela con crudeza lo que habita en el corazón humano.
Así fue ungido Saúl. Alto, fuerte, carismático, con presencia de líder. “De hombros arriba era más alto que cualquiera del pueblo” (1 Samuel 9:2). A los ojos de Israel, parecía el rey ideal: imponía respeto, representaba fuerza y encarnaba el sueño de seguridad que el pueblo anhelaba. La elección satisfacía las expectativas externas, pero dejaba intacta una pregunta decisiva: ¿estaba preparado por dentro para gobernar por fuera?
Saúl comenzó bien. Escuchó al profeta, lideró al pueblo y obtuvo victorias iniciales. “Y el Espíritu de Dios vino sobre Saúl” (1 Samuel 10:10). Sin embargo, pronto emergió su punto débil. Necesitaba más la aprobación del pueblo que la obediencia a Dios. Cuando fue puesto a prueba, obedeció a medias (1 Samuel 13; 15). Cuando fue corregido, se justificó. Cuando falló, protegió su imagen antes que la verdad. Cada decisión mostraba una misma tendencia: gobernar mirando a la multitud y no a los principios.
Pero el problema era aún más profundo. Saúl no había aprendido a gobernarse a sí mismo. El poder llegó antes que la madurez interior. Asumió el trono sin haber desarrollado el autocontrol, la firmeza moral y la obediencia que sostienen a un verdadero gobernante. Por eso la Escritura resume el conflicto con una sentencia contundente: “¿Se complace Jehová tanto en los sacrificios como en que se obedezca a su palabra? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1 Samuel 15:22).
Saúl gobernó desde el miedo: miedo a perder el respaldo, miedo a perder el control, miedo a perder el poder. Él mismo lo confesó: “Tuve temor del pueblo y consentí a la voz de ellos” (1 Samuel 15:24). Y el miedo, cuando gobierna, siempre termina gobernando mal. Porque un líder que decide desde el temor deja de conducir y comienza a reaccionar. Desde ese momento, aunque conserve la corona, el rumbo ya está comprometido.
El rey que se perdió defendiendo su corona

La historia de Saúl es la historia de muchos gobernantes que confunden el cargo con su identidad. En el momento en que el poder deja de entenderse como un encargo y pasa a vivirse como una posesión personal, el liderazgo comienza a degradarse. Saúl ya no gobernaba para servir al pueblo ni para obedecer a Dios; gobernaba para conservar el trono, proteger su imagen y asegurar su permanencia.
El punto de quiebre fue una orden clara, directa y no negociable dada por Dios a través del profeta Samuel. Saúl fue enviado a enfrentar a Amalec con una instrucción precisa: ejecutar el juicio completo, sin apropiarse de botín, sin excepciones estratégicas, sin reinterpretaciones convenientes (1 Samuel 15). La orden no era ambigua. No dejaba espacio para cálculos políticos ni concesiones al aplauso popular.
Sin embargo, Saúl obedeció solo en parte. Derrotó al enemigo, pero perdonó la vida del rey Agag y conservó lo mejor del ganado, aquello que resultaba valioso y atractivo para el pueblo y el ejército. Lo que debía ser obediencia íntegra se convirtió en una obediencia selectiva. Y ese detalle —aparentemente menor— reveló el verdadero problema: Saúl se colocó por encima del mandato.
Cuando el profeta Samuel lo confrontó, Saúl no negó los hechos, pero tampoco los asumió. Dijo: “El pueblo tomó del botín”, “el pueblo me presionó”. Esa frase ha atravesado la historia del poder. Porque cuando un líder traslada la responsabilidad, deja de liderar. Un gobernante que culpa a otros abdica de su autoridad moral, aunque conserve el cargo.
Samuel respondió con una de las sentencias más contundentes de toda la Escritura:“¿Se complace el Señor tanto en los sacrificios como en la obediencia? La obediencia vale más que el sacrificio” (1 Samuel 15:22).
El error central de Saúl fue este: prefirió la honra de los hombres antes que la obediencia a Dios. Le importó más quedar bien con su ejército que alinearse con los principios que debían sostener su reinado. En ese instante, aunque seguía siendo rey en lo visible, perdió la legitimidad interior que sostiene todo gobierno.
Los errores estructurales de Saúl quedaron expuestos:
Obediencia selectiva: cumplía lo que no ponía en riesgo su popularidad.
Miedo a perder poder: gobernó desde la inseguridad, no desde la convicción.
Justificación constante: siempre hubo una excusa externa, nunca una asunción plena.
Apego al cargo: el trono dejó de ser una responsabilidad y se volvió identidad.
Por eso Dios pronunció una de las frases más duras del relato bíblico: el reino le sería quitado. No por incapacidad política, ni por debilidad militar, sino por falta de alineamiento del corazón.
Saúl dejó de obedecer desde dentro, y cuando eso ocurre, el poder ya está en caída libre.
Así, Saúl perdió el reino antes de perder el poder visible. Porque en la historia —bíblica y humana— el derrumbe moral siempre precede al derrumbe político. Cuando el carácter cae, el trono ya está sentenciado, aunque aún se conserve la corona.
El pastor que aprendió a gobernar antes de reinar

Mientras Saúl se aferraba al poder para no perderlo, Dios preparaba silenciosamente a otro rey lejos del palacio. No en los salones del poder ni entre estrategas militares, sino en el campo, cuidando ovejas. Un pastor joven, sin apellido ilustre, sin ejército ni influencia: David.
David no fue elegido por su apariencia, ni por su fuerza, ni por su proyección política. Fue elegido por su corazón. Como se afirma en Samuel: “Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7). Fue ungido, pero no coronado de inmediato. Entre la promesa y el trono hubo un largo proceso: espera, formación y carácter. David aprendió a gobernar lo pequeño antes de recibir lo grande. Gobernó ovejas antes de gobernar personas; aprendió obediencia antes de ejercer autoridad. En ese tiempo oculto se forjó lo que después sostendría su reinado.
Cuando llegó la prueba del poder, David no buscó atajos. Tuvo dos oportunidades claras para eliminar a Saúl y tomar el trono por la fuerza. Humanamente, todo parecía justificarlo. Políticamente, habría sido eficiente. Sin embargo, eligió no hacerlo. Respetó la institución aun cuando la persona que la ocupaba era injusta. Su decisión se resume en una frase que revela su conciencia de límites: “No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Jehová” (1 Samuel 24:6). David entendió algo que todo gobernante debería grabar en su conciencia: las instituciones están por encima del ego y del interés personal.
David también cayó. Y cayó gravemente. Este punto es clave, porque aquí se revela la diferencia definitiva entre un líder que se pierde y uno que se restaura. Cuando fue confrontado, David no culpó a nadie, no se escudó en el cargo ni en su historia. Reconoció su falta y se quebrantó. Ese espíritu queda reflejado en su propia confesión: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10). El poder no lo colocó por encima de la verdad; lo hizo más responsable ante ella.
David no fue perfecto. Fue responsable. Y esa responsabilidad —expresada en humildad, arrepentimiento y corrección— sostuvo su reino y le permitió dejar legado. Su historia enseña que el liderazgo verdadero no consiste en no fallar, sino en saber responder cuando se falla. Porque el carácter no se demuestra en la ausencia de errores, sino en la manera de enfrentarlos.
Dos reyes, dos caminos: una lección para gobernar

La historia de Saúl y David, narrada en Samuel (1 y 2 Samuel), no es simplemente el contraste entre dos reyes, sino la exposición clara de dos maneras opuestas de ejercer el poder. En ellos se revelan las tensiones permanentes del liderazgo: miedo o convicción, apariencia o verdad, control o servicio.
Saúl gobierna desde el miedo, la conveniencia y la imagen. Su liderazgo está condicionado por la necesidad de aprobación. Teme perder el respaldo del pueblo, teme el juicio de su ejército y teme que su autoridad se debilite. Por eso decide según lo políticamente rentable y no según lo moralmente correcto. Su historia confirma una advertencia central del texto bíblico: “Porque la rebelión es como pecado de adivinación, y la obstinación como idolatría” (1 Samuel 15:23).
Cuando el líder reemplaza la obediencia por el cálculo, el poder comienza a corromperse.
David, en cambio, gobierna desde el temor a Dios, la convicción interior y la humildad. Su autoridad no nace del miedo a perder el trono, sino de la certeza de que el poder es un encargo. Esa conciencia se expresa cuando se rehúsa a eliminar a Saúl, aun teniendo la oportunidad de hacerlo, y declara: “No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Jehová” (1 Samuel 24:6). David entiende que la legitimidad no se impone por la fuerza, sino que se sostiene por principios.
La diferencia entre ambos se hace aún más evidente en la forma en que enfrentan el error:
Saúl protege el cargo; David protege el propósito.
Saúl justifica el error; David lo reconoce y se arrepiente.
Saúl ve el poder como propiedad; David lo entiende como encargo confiado por Dios.
Esta lógica opuesta explica por qué el profeta Samuel declara una de las verdades más contundentes del liderazgo bíblico: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1 Samuel 15:22). No es la apariencia de rectitud lo que sostiene un reino, sino la obediencia íntegra.
Comparación imprenscindible.
Dimensión | Saúl | David |
Relación con Dios | Conveniencia | Búsqueda sincera |
Obediencia | Parcial | Íntegra |
Manejo del poder | Posesión | Encargo |
Respuesta al error | Negación | Arrepentimiento |
Estilo de liderazgo | Control | Servicio |
Resultado histórico | Pérdida del reino | Legado duradero |
Esta comparación no es solo histórica. Es actual. Es cotidiana. Es política. Se repite cada vez que un gobernante prioriza su permanencia antes que la verdad, o cuando decide corregirse para proteger el bien común. Como afirma la sabiduría bíblica: “Abominación es a los reyes hacer impiedad, porque con justicia será afirmado el trono” (Proverbios 16:12).
El libro de Samuel deja así una lección incómoda pero esencial para toda nación: el poder no se juzga solo por los resultados visibles, sino por la lógica moral que lo gobierna. Dos líderes pueden tener autoridad y respaldo, pero solo aquel que gobierna desde el carácter puede sostener un proyecto que perdure.
En última instancia, las naciones terminan pareciéndose al tipo de liderazgo que eligen —y toleran—. Por eso esta comparación no pertenece al pasado. Es un espejo permanente para quienes hoy aspiran a gobernar.
De Israel al Perú: cuando la historia se repite

El Perú ha atravesado, en las últimas décadas, una secuencia dolorosa que ha debilitado la confianza ciudadana: presidentes investigados, procesados y condenados; liderazgos que comenzaron con promesas de cambio y terminaron envueltos en escándalos. Cada caso tiene particularidades jurídicas y contextos distintos, pero todos comparten un patrón ético inquietante.
Cuando esta realidad se analiza a la luz del libro de Samuel, la conclusión resulta difícil de ignorar: muchos de nuestros gobernantes actuaron más como Saúl que como David. No porque carecieran de inteligencia, preparación técnica o respaldo político, sino porque permitieron que el poder se impusiera sobre el carácter.
El paralelismo es evidente. Como Saúl, muchos líderes:
Priorizaron el poder sobre la verdad, optando por decisiones convenientes antes que correctas.
Justificaron actos indebidos en nombre de la “gobernabilidad”, confundiendo estabilidad con impunidad.
Trataron al Estado como botín, no como encargo al servicio del bien común.
Perdieron el temor a Dios y a la ley, creyendo que el cargo los colocaba por encima de los límites.
La Escritura advierte con claridad este peligro: “Cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime” (Proverbios 29:2). No es una frase religiosa; es una descripción política precisa. Cuando el liderazgo pierde integridad, toda la nación paga el costo.
Si quienes gobernaron hubieran internalizado principios básicos del relato bíblico —humildad, autocontrol, rendición de cuentas y respeto institucional— probablemente no habrían cruzado las líneas éticas que luego derivaron en consecuencias legales y en un profundo deterioro moral del país. Como enseña la Escritura: “El que gobierna a los hombres con justicia, el que gobierna con temor de Dios, es como la luz de la mañana” (2 Samuel 23:3–4).
Es importante decirlo con claridad:
no cayeron por falta de inteligencia
no cayeron por falta de poder
cayeron por falta de carácter.
El libro de Samuel demuestra que el problema del poder no es el poder mismo, sino quién lo ejerce y desde dónde lo ejerce. La Biblia no falla como manual ético para la vida pública. Lo que suele fallar es la decisión de estudiarla con honestidad… y, sobre todo, de vivirla.
Esta lectura no busca condenar el pasado, sino iluminar el futuro. Porque las naciones no están destinadas a repetir sus errores si deciden aprender de ellos. Y el Perú aún puede elegir qué tipo de liderazgo quiere formar y sostener.
Lo que NO debe hacer quien gobierna (la lección de Saúl)

La vida y el reinado de Saúl funcionan como una advertencia permanente para todo aquel que ejerce poder público. Saúl no cayó de un día para otro; se fue desviando progresivamente al tomar decisiones que parecían prácticas, pero que erosionaron su liderazgo desde dentro.
En primer lugar, gobernó para agradar y no para hacer lo correcto. Su brújula moral dejó de ser la obediencia a Dios y pasó a ser la aprobación del pueblo. Él mismo lo confesó al profeta: “Tuve temor del pueblo y consentí a la voz de ellos” (1 Samuel 15:24). Cuando un gobernante teme más perder respaldo que perder principios, el poder deja de servir al bien común.
En segundo lugar, justificó sus errores en lugar de corregirlos. Saúl nunca negó completamente sus faltas, pero siempre encontró una excusa: la presión, la urgencia, las circunstancias. Esa actitud confirma una verdad dura: “El que encubre sus pecados no prosperará” (Proverbios 28:13). La falta de autocrítica convierte el error en costumbre.
También se aferró al cargo como si fuera propiedad personal. El trono dejó de ser un encargo confiado por Dios y se volvió una extensión de su identidad. Por eso reaccionó con violencia ante cualquier amenaza, incluso cuando provenía de alguien que Dios estaba formando. El poder, cuando se absolutiza, se transforma en idolatría.
Además, usó el poder para protegerse y no para servir. En lugar de cuidar al pueblo, comenzó a cuidar su posición. Persiguió a David, manipuló decisiones y desvió recursos para sostenerse. Así se cumple lo advertido por Samuel desde el inicio de la monarquía: el rey que no se gobierna a sí mismo termina gobernando para sí (1 Samuel 8).
Finalmente, desoyó advertencias éticas y morales. Samuel le habló con claridad, pero Saúl ya no escuchaba. Y cuando un líder deja de escuchar la verdad, el poder se queda sin freno. Por eso el juicio fue tajante: “Por cuanto desechaste la palabra de Jehová, Él también te ha desechado para que no seas rey” (1 Samuel 15:23).
La lección es contundente: el poder sin temor a Dios no se sostiene, aunque tenga respaldo popular, fuerza militar o legitimidad formal. Puede mantenerse por un tiempo, pero termina perdiendo lo único que lo hace legítimo: la autoridad moral. Saúl nos recuerda que ningún cargo salva a un líder que ha dejado de obedecer desde el corazón.
Lo que SÍ debe hacer quien gobierna (la lección de David)

La vida de David enseña que el liderazgo auténtico no se improvisa en el poder: se forma antes de llegar a él. David fue preparado en lo invisible antes de ser expuesto en lo público. No fue elegido por su fuerza ni por su imagen, sino por su corazón: “Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).
David tomó decisiones guiadas por principios y no por popularidad. No gobernó según la presión del momento, sino según convicciones firmes. Por eso respetó los límites institucionales incluso cuando pudo ignorarlos. Aun ungido como rey, se negó a tomar el poder por la fuerza y declaró: “No extenderé mi mano contra el ungido de Jehová” (1 Samuel 24:6). Entendió que el poder sin límites destruye aquello que pretende gobernar.
Cuando David falló —y falló gravemente— no se justificó ni trasladó la culpa. Reconoció su error con humildad: “He pecado contra Jehová” (2 Samuel 12:13). Esa capacidad de asumir responsabilidad es una de las marcas más altas del liderazgo verdadero. El poder no exime de rendir cuentas; exige hacerlo con mayor integridad.
Finalmente, David gobernó con conciencia de legado. Sabía que el cargo es temporal, pero que las decisiones trascienden al gobernante. Por eso su liderazgo no se sostuvo en la perfección, sino en la obediencia, la corrección y el servicio.
David demuestra que el liderazgo verdadero empieza por dentro. Donde el carácter guía al poder, el gobierno se ordena y la nación tiene futuro.
El manual que nunca se enseñó

El libro de Samuel es, en esencia, un manual de gobernanza. No técnico, sino moral. No partidario, sino profundamente humano. No ofrece fórmulas administrativas, sino criterios interiores para ejercer el poder sin destruir a la nación ni al gobernante.
A lo largo de su relato, enseña verdades que la historia confirma una y otra vez:
el poder sin límites destruye,
la obediencia selectiva corrompe,
la soberbia aísla,
y el arrepentimiento restaura.
Por eso Samuel no forma burócratas, sino conciencias. Advierte que la autoridad no se sostiene solo por la ley, sino por la integridad de quien la ejerce. Como declara la Escritura: “Cuando faltan el consejo y la sabiduría, el pueblo cae” (cf. Proverbios 11:14).
Todo aspirante a presidente, senador, diputado, alcalde, ministro o funcionario público debería estudiar este relato no como un texto religioso, sino como formación ética básica para el poder. Porque antes de gobernar a otros, todo líder debe aprender a gobernarse a sí mismo.
La lección final es clara y urgente: gobernar sin principios no es neutral; es peligroso. Allí donde el carácter no guía al poder, el daño no tarda en llegar. Pero donde la autoridad se ejerce con límites, humildad y responsabilidad, el gobierno se convierte en servicio y la nación puede sostenerse en el tiempo.
Conclusión — el verdadero rey que un país necesita

Un verdadero rey —o presidente— no es el que acumula poder, sino el que se gobierna a sí mismo. No es el que jamás falla, sino el que responde con verdad, humildad y corrección cuando falla. No es el que busca honores pasajeros, sino el que entiende que el cargo es temporal y que cada decisión deja huellas que atraviesan generaciones.
El libro de Samuel nos deja dos figuras que no envejecen ni pierden vigencia.
Saúl, la advertencia de lo que ocurre cuando el ego dirige, la obediencia se vuelve selectiva y el poder se confunde con propiedad.
David, la esperanza de lo que ocurre cuando el corazón se alinea, el carácter precede al cargo y el liderazgo se ejerce como servicio.
Entre ambos se traza un camino claro para toda nación: la prosperidad no depende solo de planes, leyes o presupuestos, sino del temple moral de quienes deciden. Las sociedades florecen cuando el liderazgo es íntegro; se desgastan cuando el poder pierde límites y se desconecta de los principios.
El Perú necesita líderes como David: formados antes de ser promovidos, valientes sin estridencias, firmes con humildad, capaces de escuchar, corregir y perseverar. Líderes que comprendan que gobernar no es servirse del poder, sino custodiar un propósito común, y que la autoridad solo se sostiene cuando está anclada en valores.
Gracias por haber llegado hasta aquí. Este texto no fue escrito para ser guardado como adorno intelectual, sino para ser puesto en práctica. Primero en la vida personal, donde se forja el carácter; y luego en la vida pública, donde ese carácter se pone a prueba. Cuando el liderazgo es sabio, la nación brilla. Cuando el corazón se ordena, el rumbo se aclara. Y cuando el poder se ejerce con temor de Dios y amor por el pueblo, el legado perdura.
Ese es el horizonte posible.Ese es el liderazgo que puede sacar al Perú del hoyo moral y encender, otra vez, la esperanza.




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